Contra el genocidio femicida. (2017)



Contra el genocidio femicida.

A las mujeres las excluyen, las humillan, las venden, las violan y las matan. Son las grandes oprimidas de la historia. No hay registro de tiempo alguno en que las mujeres no hayan sido subordinadas y explotadas por los sistemas y gobiernos del mundo. Claro que no son las únicas. También se oprime a los pueblos conquistados sin distinción de género, a los negros y los indígenas de cada región, a los esclavos y los obreros, a los campesinos que alimentan a la humanidad desde hace siglos, y así también se ultraja y explota a la tierra que trabajan, la Madre Tierra, que no por nada también es mujer.
Porque todo está organizado en un mundo de conquistadores y conquistados, entre amos y subordinados, entre los propietarios del mundo y los que venden la voluntad sobre su cuerpo por un poco de dinero para comer. Y ahí donde un pueblo es conquistado, donde un grupo ejerce su voluntad sobre el resto, la jerarquía de poder reserva a las mujeres la mayor opresión. A la mujer negra y a la indígena, a la campesina y a la obrera, a la pobre y a la esclava, a la madre y a la hija, es decir, a la mujer oprimida, se la roba y se la vende como ganado, se la ofrece al mercado para que la violen todos los días, para que unos hombres paguen para alquilarla por un rato, como un objeto de uso y descarte, o para que, si no tienen dinero, la violen en la calle o en su propio hogar, bajo la negación y el silencio de los vecinos y familiares.
Porque el oprimido reprime a los que están por debajo, descargando las presiones que otros ejercen sobre ellos. Así, el ejercicio de poder se transmite desde la cima hasta los rincones más marginados de la sociedad. Los banqueros financieros excluyen a las banqueras, los diputados y senadores excluyen a las diputadas y senadoras, los jueces a las juezas, los generales a las generalas, los jefes de hogar a las mujeres de la familia, y así también escasean las patronas en las fábricas y las estancias, o incluso se las excluye de los puestos dirigenciales en los sindicatos y organizaciones sociales. Porque antes que persiguieran a los luchadores políticos, a los religiosos y a los pueblos conquistados, una primera represión y explotación se ejerció sobre éste grupo social, diferenciadas por la naturaleza de sus genes, a las que sistemáticamente se reprimió y masacró en el ejercicio del poder, significando no solo el primero, sino también el más extendido y perdurable genocidio de la historia.

Por eso no basta con repetir una frase todos los tres junio, o desearles un feliz día la fecha en que se repudia la masacre y represión a las trabajadoras que luchan por sus derechos. Hace falta mirarse a sí mismo y a su alrededor todos los días, sin importar si se es hombre o mujer, y estar preciso hasta en los detalles más banales, desde las pequeñas humillaciones naturalizadas hasta las ofensas más crudas, para cuestionarse en cada acto y en cada palabra cómo eso que hacemos o dejamos de hacer reproduce y perpetúa un genocidio femicida que atraviesa todas las culturas del planeta.
Hay que denunciarlo, gritarlo en la calle, unirse para enfrentarlo, proteger a las víctimas, condenar a los victimarios, difundir la cultura del respeto, la igualdad y la solidaridad entre los géneros y los pueblos del mundo. Porque esta lucha no presenta un enemigo claro, un villano antagónico diferenciado de nosotros, que espera detrás de las vallas a que vayamos a buscarlo. Nuestro enemigo está infiltrado entre nosotros, sin diferencia de género, edad o clase social, como cultura patriarcal, naturalizada en nuestras ideas y sensaciones, en nuestros gustos y hábitos, en nuestros actos y palabras.
No es solo cuando las manosean, golpean, secuestran, violan o matan. Esos, además de machistas, son actos delictivos y criminales. Son condenados legal y públicamente, aunque en su combate también se ve atravesado el machismo, cuando en la práctica se las condena a ellas, las víctimas, en lugar de a ellos, los victimarios.
Pero también hay otras ideas y actos que deben ser erradicados, porque mientras persistan, se seguirá retroalimentando la cohesión que permite ejercer y desarrollar la cultura machista:
Cuando les negamos el desarrollo de sus potencialidades físicas para conservarlas como un delicado objeto para el deleite estético.
Cuando desprestigiamos y desautorizamos su intelecto, relegándolas a puestos subordinados por hombres.
Cuando les negamos los puestos laborales, o se los otorgamos con salarios menores.
Cuando las confinamos a tareas domesticas de mantenimiento de la familia, y por si fuera poco decimos que eso no es trabajo, y que por lo tanto no deben recibir una remuneración que les permita independencia económica.
Cuando al prohibirles ejercer la voluntad sobre sus cuerpos, las condenamos al aborto insalubre y marginal que pone en riesgo sus vidas.
Cuando abusamos de ellas y de sus hijos en los delicados y vulnerables momentos de parto.
Cuando, en fin, les negamos el desarrollo de sus potencialidades físicas e intelectuales, y basados en ideas de supuesta inferioridad, las perpetuamos en tareas de subordinación, como títeres manipuladas por hombres bajo amenaza de muerte.
Por eso:
Contra la cultura machista y el genocidio femicida, cortemos los lazos del patriarcado.
Contra la explotación del pueblo, quememos las leyes de la economía capitalista.
Contra el ejercicio del poder, destruyamos las estructuras jerárquicas de autoridad.

Por la igualdad solidaria entre todos los hombres y mujeres del mundo,
y porque solo así podremos evitar la extinción de la vida en la Tierra.